El largo viaje al final del pasillo

Por: Alejandro Martín. Socio Director de TDSystem

La batalla más difícil es la que tengo todos los días conmigo mismo.  Napoleón

Aquella mañana llegué temprano al trabajo, tanto, que todavía era de noche. Saqué de la máquina mi primer café y me senté en una mesa frente a la galería acristalada. Lo estaba saboreando cuando vi mi reflejo en cada una de las tres vidrieras que la componían. Allí estaba yo, llevándome el vaso del café a la boca. Cuando una de las imágenes tomaba un sorbo, las otras dos la imitaban. Todo igual. Al principio, no me di cuenta, pero pronto algo llamó mi atención: en cada una yo tenía una edad diferente. En la de la izquierda, el reflejo era joven e inexperto, con la sonrisa ingenua propia del novato y el gesto del principiante en la ingesta de café. En la del centro, la imagen mezclaba el disfrute con la resignación propia del que ha hecho del café un hábito. En la de la derecha, la imagen, más que verse, se intuía. Era borrosa, fría y lejana. Desprendía ese halo de glamur propio de lo inalcanzable.

Soy Justo Cordero y ahora todos me llaman jefe. No siempre fue así. Al principio, me llamaban “el Nuevo”, aunque algunos preferían Justito. Lo hacían desde el cariño, decían; pero yo nunca lo tuve claro. Entonces, mi día a día iba del “ve para allá y luego vienes para acá” al “haz aquello y, a la vez, tráeme un café”. Mi jefe lo llamaba learning progress. Creo que no sabía lo que significaba, pero le sonaba bien.

Desde el principio tuve curiosidad por ver mi posición en el organigrama. Miré la versión que aparecía en la web corporativa y abajo, muy abajo, había un pack de puestos denominado con un learning progress inespecífico. Debido a su poca relevancia, supuse. Me decepcionó, aunque eso no me desanimó: tenía tiempo y ambición suficiente para escalar posiciones. También llamó mi atención que, en la parte superior, justo debajo de la cúspide, ocupaban un amplio espacio las posiciones de los jefes. Todas al mismo nivel. Pensé que todos mandaban igual. Pero eso era solo en apariencia. Algunos lo hacían más que otros. ¿Cómo se sabía cuánto? Por el título del cargo, me dijeron. A más largo y pomposo, menos poder; a mayor brevedad y rotundidad, más poder. También escuché comparaciones menos elaboradas afirmando que “a título grande, poder pequeño”. Algo desafortunado, pensé. Que no era una ciencia exacta, pero sí una buena pista, repetían. Y que, a pesar de esas diferencias, todos tenían su despacho en la misma planta, la de arriba.

Un día subí unos informes y ya en el pasillo sentí un olor difícil de describir; pero que, cuando lo has olido, lo reconoces siempre. Olía a inteligencia o a poder. No supe distinguirlo, y eso me arrugó un poco. A ambos lados del largo pasillo, se sucedían los despachos. Eran amplios y diáfanos, con dos paredes cubiertas de madera de nogal, una tercera ocupada por un gran ventanal de diseño y la cuarta, de cristal depurado, en la que se ubicaba una puerta minimalista con un rótulo que anunciaba el cargo del morador. Según avanzaba por el pasillo noté como se me metía el silencio en el cuerpo. Era la planta del pensar mucho y bien; o, al menos, más y mejor que el resto. Eso me hicieron saber. Al final, estaba el despacho del jefazo. No puede verlo de cerca. De lejos, se adivinaba amplio y con ese lujo sobrio que tanto gusta a los que mandan mucho. De las plantas de abajo, pocos llegábamos hasta allí: necesitábamos ir acompañado de una assistant y un buen motivo que lo justificara. Yo, entonces, no lo tenía. Fue ese día cuando me prometí trabajar duro para pensar mucho y bien.

Desde aquel reflejo en la vidriera de la izquierda, han pasado bastantes años. Ahora, mi imagen más nítida está en el centro. Tengo el despacho en la planta de arriba y soy jefe. Pero solo eso. En un primer momento me alegré, aunque pronto me pareció insuficiente. Más tarde me consolé pensando que, para mandar en todo y a todos, me faltaba tiempo y batallas que librar. Además, comprobé que muchos jefazos no mandaban en ellos mismos; que estaban tan ocupados en hacerlo sobre los demás que iban un poco desmandados. Y, claro, si no lo hacías sobre ti, jefazo tampoco eras. Porque serlo implicaba mandar en todo y a todos. Y ahí te debías incluir. Si no, no acababas de serlo.

Todavía no he llegado a jefazo. Eso exige constancia, unas cuantas batallas y otros tantos sinsabores.  Con las dos primeras, me esfuerzo. El último, se me resiste. Por eso, aún solo soy jefe. Sí, ese que aparece en el pensamiento de los colaboradores al recordar que al día siguiente han de volver a trabajar. Soy el protagonista de ese: “¡Puf! Mañana a trabajar. Si a mí el trabajo me gusta, pero el jefe es un cabrón”. Protagonismo no deseado, claro. Aunque no me preocupa demasiado, ya estoy acostumbrado. Lo que si me molesta es que, en ocasiones, me llamen jefecillo. Algunos, para disimular, se justifican diciendo que es más próximo; sin embargo, no me convence. Lo que quieren es quitarme el privilegio de ser jefe y dejarme en algo más ligerito e inconsistente a modo de coordinador, responsable o líder. Todo un arte de la devaluación, supongo.

Confieso que muchas veces me gustaría tener el poder de un jefazo: ser bueno o malo, con rotundidad. Pero esa potestad es solo suya al suponerle los de las plantas de abajo contundencia, contumacia y bondad. Para el resto de los que habitamos en la planta de arriba, solo nos quedan esas pequeñas mezquindades que nos hacen parecer jefecillos con ínfulas de jefazos. Algo fofo y soso. Si en el día a día tenemos un atisbo de virtud, se ve más como una debilidad, que como un asomo de bondad. Con suerte, pasamos por buenas personas; aunque nunca como buenos jefes. Para jefe, jefe, el jefazo. Así, repartiendo, una de bondad y otra de mala uva. Con resolución.

Vivo eso como algo injusto que me coloca en desventaja ante mis subordinados. Perdón, colaboradores. Lo primero aquí está proscrito por sus reminiscencias medievales y carácter vejatorio. Tal vez sea así. Pero no es mi caso. Además, muchas situaciones tienen su qué: respondo de lo que ellos hacen, aunque apenas les pueda mandar. Ahora, eso es impopular y se recomienda guiar, asesorar, acompañar, dinamizar, motivar, e incluso, abrazar. Bueno, esto último, no, al menos no con dedicación. Está mal visto y puede dar lugar a torcidas interpretaciones y alguna que otra querella.

No quiero transmitir una mala impresión de mi situación. De la imagen de la vidriera central también se desprenden buenas sensaciones. Cuando un colaborador necesita algo, que por la vía reglamentaria no puede lograr, recurre a mí. Y esa es mi oportunidad para ganarme su admiración. Pero, en el caso de negarme o no conseguirlo, algún miembro de mi familia aparecerá en sus pensamientos. Lo tengo ya asumido. Pero, lo que más me enfada es que con el jefazo, eso no sucede: mucho bla, bla, bla cuando está lejos y, en la cercanía, solo les falta rendirle pleitesía. Tanto es así, que ya hay un campeonato para meritorios de la doblez. Es que lo de los colaboradores es todo un mundo. Los hay pata negra, por los que todos los jefes nos peleamos; le siguen los sin más, que vienen al trabajo, cumple y se van; y también existen los guadiana que no siempre vienen, alguna vez trabajan y, aunque quisieras que no volvieran, siempre lo hacen, aunque solo sea para justificar el cobro. Todo un lío. Cuando los primeros son mayoría, te puedes felicitar; si son los segundos los que dominan, el asunto va bien, sin pretensiones. En cambio, cuando los terceros abundan, has de encomendarte a aquello en lo que más creas. El asunto tiene mal remedio y tú, ninguna posibilidad.

El jefazo me dice que practique eso que ahora llaman, no sin cierta alegría, liderazgo transversal. Yo no sé lo que es, y dudo que él lo tenga conmigo. Si fuese así, lo reconocería. Y aquí estoy, haciendo de cuasi colega con mis colaboradores para lo que deseen y siendo el único responsable ante la Dirección cuando las cosas se tuercen. No es que le quite potencial y glamour a lo transversal, que seguro que lo tiene. Pero, en la práctica, al jefazo lo ven allá, en lo alto, y ni siquiera se plantean si han de perdonarle algo, está demasiado arriba. Solo llegan sus éxitos y golpes de efecto. Yo estoy más abajo, me ven cada día y, además de no atribuirme prestancia alguna, me perciben como portador de todo tipo de vicios, defectos e ineptitudes.

Cansado, me acerco a la máquina, saco un café y me siento en la mesa frente a la galería acristalada. Ahora solo me devuelve dos imágenes: la de izquierda ha desaparecido. Añoro la ausencia de esa imagen joven cargada de la ingenuidad del novato y de la autoridad moral que le viene de serie al colaborador. La del centro es nítida y tiene todo el protagonismo, aunque refleja el cansancio y la zozobra del día a día; y eso no me gusta. En la de la derecha, en nebulosa, se intuye al jefazo. Me acerco para aliviar su lejanía y frialdad y, cuanto más lo hago, más glamour pierde y más destacan los zarpazos del largo viaje hasta el final del pasillo.

 

 

 

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