Viernes. Me han llamado al despacho del jefe

Por: Alejandro Martín. Socio Director de TDSystem

Un viernes sospechoso

—¿Te vas ya?

—Sí. Bueno. Estoy recogiendo para marcharme.

—El jefe quiere verte. Me ha pedido que le esperes unos minutos. Que es urgente.

—Vale, vale. Me quedo. Mientras, iré avanzando trabajo para el lunes.

¿Viernes? ¿última hora? Mal asunto. Capullo. Hoy, a despedir. No es original, le funciona de maravilla. Lo borda. El lunes ya no estás y al poco ya nadie se acuerda. Que sí, que muchos amigos de café, cigarro y chismorreo. Aquí las amistades no van más allá. Estás olvidado antes de que recojas tu mochila y el cactus de tu mesa.  Y él, tranquilo. A este gilipollas, la cabeza no le da para mucho más. Es tonto de baba; pero, ahí lo tienes: hoy despido a este, mañana al otro y atemorizo al resto. Al principio no parecía espabilado. Ahora tampoco, aunque ha desarrollado unas malas artes que para qué. Seguro que hoy me toca a mí: el día, la hora.  Sí, sí, por lo que soy. No lo oculto. Le hace sentirse incómodo. Sé lo que le va. Remilgado, lo oculta. De pequeño un repelente niño Vicente: gafillas de empollón y sonrisa de monaguillo. No ha salido de donde tenía que salir. Seguro. No me lio más: cuando me diga has aportado mucho a esta empresa, le diré que empecé el servicio de cero, que no había nada hecho. No es como otros: estructura diseñada y presupuesto para gastar. No, este servicio lo levanté yo, con un par o con lo que sea. No entiende de pares. Donde no hay, no hay. La cosa está complicada, lo sé. La complican unos cuantos; que la cosa es sencilla. ¡Claro! con parentela y amiguetes; así estamos. Algunos nos dejamos las pestañas, otros no dan palo el agua. ¡Ah! Eso sí, no le digo: “esta mañana he visto a tus niños cuando los llevabas al colegio. ¡Qué monos!”. Pelota. No tengo hijos que llevar, no puedo verle haciendo de buen padre. Un ratito por la mañana y hasta otro día. En su mesa de despacho, fotografía grandota con dos gafillas metidos dentro. Para impresionar. Me da igual. No sé lo que hago aquí. Me tenía que haber marchado hace años; cuando el servicio empezó a funcionar solo. Ahora, te ningunean: “qué bien vives, no pegas palo al agua”. Qué mierda. Me marcho. Llamo a la competencia y encantados. Adiós a este jefe y a esta birria de compañías.

—El jefe ya ha terminado. Puedes pasar a hablar con él.

—Vale, gracias.

—Por favor, entra. Antes de decirte lo que tengo que decir, ¿te apetece un café, agua…?

—Mira, antes de que sigas con eso de “agradecemos tus aportaciones, aunque sentimos…”, quiero decirte que te metas este empleo por donde…

 

Un viernes de mierda

—Por favor, Marta. ¿Puedes decir a Pedro que espere, que quiero hablar con él?

—Sí, claro. Ahora se lo comunico.

—Va a ser un momento. Lo que tarde en preparar la documentación necesaria.

—Perfecto. Se lo digo.

Manda lo que manda. No te fastidia. Hoy, precisamente hoy. ¡Hala!, reúnete con este tío y proponle un ascenso. Se jodió el salir pronto, coger el coche y empezar a disfrutar del fin de semana. A la mierda el plan: hay que dejarlo liquidado antes de que acabe la semana. Lo he ido retrasando: no me apetecía. Ahí está: con su petulancia y cara de merecérselo todo. Un perdonavidas en acción. Factura bien, sí. No le soporta ni la mesa de su despacho, y mira que está hecha de madera maciza. Ni por esas. No le habría propuesto, tiene un desempeño de pena. Le llamaría y le diría: te proponemos para una posición superior. Felicidades. Y listo. Ojalá pudiera hacer eso. He de seguir el protocolo: preparar el papeleo que justifique por qué él es el candidato seleccionado. Un lío. A mí no me gusta. Es el típico capullo engreído que le han salido bien las cuentas últimamente. Se pavonea: un fantasma. La Dirección no lo ve así. No quiere verlo. Dicen que es el mejor candidato. Factura, sí. Sus métodos, cuestionables. Que sí, que solito levantó el servicio de cero, ¿cómo lo hizo?, nadie pregunta. ¡Así va de crecidito! Le diría: tú vas a ser el nuevo jefe de departamento. No le servirá. Querrá ceremonia y boato. Eso es ego. Resultadista, lo es. Sus formas, desmerecen. Si cuestionas su método, lo lleva al plano personal. Su idea es perfecta, tú eres el imperfecto.  Desencuentros con él, sí; por tonterías. Sé que él no lo ve así. Es muy suyo. La Dirección solo ve resultados. Que estropea el ambiente, da igual. Que fastidia las relaciones entre servicios, que se espabilen. Tóxico. A la Dirección solo le gustan los euros. Bien que le guste, pero no es suficiente. Gallito, más que gallito: ha venido a este mundo a ser servido y admirado. Donde hay patrón, no manda… y, a joderse, a darle la buena noticia.

—Por favor, Marta, dile que ya puede pasar.

—Sí, sí. Ahora mismo le aviso.

—Entra, entra. Antes de decirte lo que tengo que decir, ¿te apetece un café, agua…?

—Mira, antes de que sigas con eso de “agradecemos tus aportaciones, aunque sentimos…”, quiero decirte que te metas este empleo por donde…

 

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