El síndrome del hámster

Por: Alejandro Martín. Socio Director de TDSystem

Muchas carreras nos llevan a ninguna parte y otras acaban donde han empezado

Esa mañana madrugué para llegar temprano a mi nuevo trabajo. No conocía el trayecto y preferí llegar pronto y esperar, que no tarde y causar mala impresión. La mañana era fría y la calle ruidosa. Llevaba media hora esperando allí, en la acera, a que abrieran la puerta. Me acerqué a leer el letrerito que había en un lateral para confirmar que no me había equivocado: “abierto de 8 a 15 horas”. Ya pasaban bastantes minutos de las ocho cuando oí el repiqueteo de unos tacones en la acera: ¡voy, voy!, gritaba la mujer que venía corriendo intentando guardar el equilibrio y la compostura.

—Buenos días, disculpa —dijo cuando llegó—. He tenido un problema con el tráfico y me he retrasado un poco. ¡Ah! Soy la recepcionista y encargada de abrir.

—Buenos días. Soy el nuevo y, como no conozco el trayecto, he venido un poco temprano.

—Encantada. Por favor, pasa y toma asiento: el jefe no ha llegado todavía. No tardará mucho.

Ya en el interior, colgó su chaqueta y bolso en el perchero y me invitó a hacer lo mismo. Agradecí su invitación, pero le comenté que no era necesario, que esperaría en la sala de las visitas. Tomé asiento y sentí la rigidez de la silla de madera y el olor a tabaco que se desprendía de las paredes. Vetusta, inhóspita y fría, pensé. Solo la salvaba el aroma del café que salía de la máquina situada en un rincón.

Por recepción, en la media hora siguiente, pasaron escalonadamente el resto de empleados: sabían que el jefe siempre llegaba tarde. La recepcionista, a modo de disculpa, me dijo que ya me avisaría cuando llegara.

Al final, llegó. No hizo falta que me lo anunciara. Lo adiviné por esa manera de mirar que tiene la jerarquía cuando, elevando un poco los ojos, espera a su llegada ese saludo servil de los subordinados. La recepcionista le cuchicheó algo al oído y ambos se acercaron a la sala de visitas.

—Jefe, este es el nuevo —dijo la recepcionista.

—Bienvenido. Hace tiempo que esperábamos refuerzos. Encantado de que estés con nosotros.

—Igualmente. Yo también estoy contento de estar aquí.

—Perfecto. ¿Quieres tomar algo? ¿Te apetece un café?

—Gracias. Ya lo he tomado, pero con ese olor es imposible negarse a uno.

—Por ciento, trabajar aquí es fácil. Simplemente hay que respetar un par de valores: la jerarquía es un grado y, lo que se manda, no se discute. A partir de ahí, se puede hablar de todo.

—Sí, sí. Entendido.

Estaba invadido por el aroma de su café matutino, cuando varios años y jefes más tarde, recibí una llamada:

—Por favor, ¿puede subir al despacho del director? -me dice por teléfono su secretaria.

—Sí, claro. Por supuesto. Ahora subo. ¿He de preparar alguna documentación?

—No, no. Creo que solo quiere hablar de tu disponibilidad y posibilidades de promoción.

Superada la sorpresa, me ajusté la corbata cerrando el último botón de la camisa y subí a su despacho. Su secretaria me pidió que esperara en una salita de estilo industrial coronada por un reloj marcando las horas. Que mientras tanto, si lo deseaba, me sirviera un café de la máquina que allí había.  Al rato, el director salió.

—Buenos días, ¿qué tal? —dijo, invitándome a entrar en su despacho.

—Bien, bien —respondí.

—Bueno, vayamos al grano: por tu trayectoria aquí, te quiero proponer como director de departamento.

—Gracias. Espero responder a sus expectativas.

—Perfecto. Solo un detalle: en este puesto no se trata tanto de obedecer como de lograr resultados. Solo se valorará lo que consigas. Si en eso estamos de acuerdo, eres bienvenido al puesto. Luego te envío todos los detalles. Ahora si no te importa, tengo que preparar un informe para los socios. Ya sabes lo exigentes que son: si no presentas resultados, vas listo.

Salí de su despacho y me fui preparar el plan para dirigir el departamento. El norte, ya lo sabía: resultados y más resultados. Los valores seguían existiendo, lo único que había variado era su jerarquización.

Pasaron otras tantas jerarquizaciones, años y directores generales. Probablemente más de lo deseado. Eran tiempos cambiantes donde el obedecer ya no era el valor principal, decían; y los resultados, se deseaban, pero se cuestionaba que fuese el único referente. Los socios ahora quieren una mayor implicación social de la compañía y consideran que los empleados han de ser felices. Como digo, otros tiempos.

Envuelto estaba en el aroma de mi café matutino, cuando recibí en mi móvil una llamada del socio mayoritario. ¿Qué querrá? Obviar su llamada no era una opción.

—¿Sí? Diga.

—Buenos días, disculpa que te llame así, de repente. Espero no molestar.

—No, no. Faltaría. En que puedo ayudarle.

—Hoy estoy en la ciudad y me gustaría que nos viéramos. Pero fuera de la empresa. ¿Podrías venir a verme al hotel donde me alojo? Reservaré un lugar cómodo para conversar. ¿Te va bien después de acabar tu jornada?

—Por supuesto. Allí estaré.

Me pasé el día intrigado, eran las ocho de la tarde y estaba en el hotel. En recepción me han indicado que había reservada una sala para la reunión, que esperara allí.  Era de estilo desenfadado con sofás de tono pastel, me acomodé y serví un café de la máquina que allí había. Pasado un rato, a través de la puerta acristalada, veo aproximase al socio mayoritario; va vestido de una manera informal, demasiado casual para su estatus, pienso. Me sentí un poco endomingado, pero no me había dado tiempo a pasar por casa para cambiarse.

—¿Qué tal? Disculpa este abordaje. Pero solo estoy hoy en la ciudad y quería aprovechar.

—Perfecto. Siempre es un placer.

—Bueno, voy a ir al grano: el director actual es una gran persona y un mejor profesional, pero su jubilación está próxima. La compañía ahora necesita otras cosas que él no está en condiciones de dar, ¿me entiendes?

—Sí, sí. Claro.

-En estos momentos requerimos que la compañía se implique con su entorno y se dote de otros valores; para ello necesitamos a una persona sensible con el medio ambiente y empático con las personas. Por eso hemos pensado en ti para ese puesto.

—Gracias. No sé cómo agradecérselo.

—Perfecto. No obstante, ya sabes: has de lograr que los empleados sean felices en la empresa; esta ha de estar, o al menos parecer, comprometida con su entorno; los resultados, evidentemente, siempre se han de producir; y, por supuesto, respetar las peticiones de los socios. Esto último es clave si quieres permanecer en el puesto que te ofrecemos.

—Claro, así será. Cuenten conmigo, no se arrepentirán.

Al salir a la calle todo estaba oscuro y me abordó la sensación de que corría y corría, pero que siempre estaba en el mismo sitio.

 

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