Adán o el dilema del novato

Por: Alejandro Martín – Socio-Director de TDSystem

Novato

Ten más de lo que muestras; habla menos de lo que sabes. Shakespeare 

Soy el novato y es un momento en el que lo prometes todo. He venido a esta reunión porque me dijeron que era muy importante, que el resto de colegas hablarían de cosas que afectarán a mi trabajo. Y yo prometí que asistiría.

He llegado el primero. Sospecho que es el tic de los novatos. La sala es calurosa, de sus paredes cuelgan certificados de reconocimiento y algún eslogan tipo “la especie que sobrevive no es la más inteligente, sino la que mejor se adapta”. Dudo si es eslogan o una sentencia. Soy nuevo y esto me inquieta un poco.

Llevo varios minutos esperando cuando empiezo a sentir el ruido de los colegas que van llegando. El volumen de su conversación es elevado aunque su contenido no lo sea tanto. Han ido entrando y sentándose, ahora estoy rodeado de rostros. Me esfuerzo por proyectar una imagen neutra, con un toque agradable pero sin pasar a lo amigable. Sonrisas sí, pero no en demasía. No vaya a ser malinterpretado.

La reunión comienza. El que cada vez que habla se alborota el pelo hace propuestas de futuro y utiliza expresiones como genial, brutal y alguna más en inglés que no acierto a contextualizar. Me agradaría preguntar, pero es el del rostro seco y sin sonrisa quien responde con un “no” y “lo que planteas es inviable”. No sé si es realismo o negativismo pertinaz. Seguidamente tercia en el discurso el del rostro cuasi anónimo de cejas abundantes. Habla de previsiones, planificación y puntas de trabajo. Es un discurso monocorde, lleno números y fórmulas que me abruman tanto que no sé qué decir.

El discurso se ha tornado matemático y anodino cuando, el del rostro que parece pegado sobre una americana ligera y corbata de verano interrumpe con un “la  motivación de los empleados y el calendario vacacional” hace inviable la planificación propuesta. Su tono es tan poco rotundo como su americana. A todo ello, el del rostro acicalado y sonriente se remueve en su asiento. Su corbata es colorida y, en parte, provocativa.  Se nota que las reuniones no son lo suyo. Prefiere la acción y todo lo despacha con un  “plis plas”. Su discurso es breve y la secuencia de ejecución del método  “plis plas” parece rápida. Creo que deberé esperar a aprenderlo.

Finalmente, en la punta de la mesa se sitúa el del rostro de lenguaje resuelto y propuestas absolutas. Me hace pensar que es el de mayor jerarquía. No da opciones a las innovaciones del de pelo alborotado, ni a la negatividad del rotundo. Simplifica el Excel complicado, cuadra el calendario vacacional y aplica el método “plis plas” para cerrar la reunión. Es uno de esos rostros que cuando actúan no sabes si ha aprovechado los cinco pensamientos de los que dispone o bien ha reducido los cinco a uno. Aún no lo sé.  Pero yo no soy nadie para pensar nada. Soy el novato y he de aprender.

 

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