La playa como campo de minas

Por: Alejandro Martín. Socio Director de TDSystem

¿En qué se parece la playa al humor? En que en ambos se dan cita lo sublime y lo ridículo.

Uno, cuando va a la playa espera disfrutar del sol, del agua y, por qué no, broncear un poco su cuerpo. Nosotros, los habituales del chiringuito, nos conformamos con un poquito de brisa, algo más de sombra y la observación del bronceado en los demás.

No es que hayamos renunciado a los efectos estéticos que el sol produce en el cuerpo, sino que lo hemos externalizado. Vamos, que nos centramos en los placeres que suponen la sombra y la cerveza y dejamos el ejercicio físico y el sometimiento al sol para los demás. División del trabajo lo llaman.

Para que esto pueda funcionarnos a los del chiringuito, hemos tenido que distanciarnos un poco de nuestro cuerpo. Nuestra relación con su estética es discreta y relajada, sin presiones ni apuros; que, por cierto, contrasta con el compromiso esforzado de esos cuerpos musculados y bronceados que vemos en la playa. No obstante, esta postura nos exige focalizar nuestra mirada más allá del chiringuito y evitar se vuelva hacia alguno de nosotros. ¡Ojo!, que no es que estemos mal, sino que nuestro color blanquito recuerda a hospital, nuestra barriguita habla de las cervezas que tomamos y nuestro bañador evoca a los que se llevaban hace varias temporadas.

Somos una isla blanca, y un poco gordita, en medio de un océano bronceado. No es que seamos una incoherencia; bueno, un poco sí. Pero que apenas se nota si nadie de los habituales sale del chiringuito o bien, nadie de los de fuera entra en él. Cuando ello sucede, el contraste entre el bronceado que entra y el barriguitas blanquito autóctono, se nota: tostadito frente a paliducho, musculo frente a michelín y bañador a la moda frente a calzón trasnochado. Su simple observancia produce contraste que, dependiendo de la discreción del observador, se manifiesta en una risita en los más desaprensivos y en una sonrisa en los más considerados.

No es que ello nos suponga un gran trauma a los aborígenes del chiringuito; eso no, claro. Pero nadie se levanta cuando un cuerpo serrano entra. Solo se mueven nuestros ojos persiguiendo esa silueta bronceada desde la entrada hasta la barra y desde ésta a la salida. Ninguno de nosotros confesará que lo hace, pero sé que todos lo hacemos. Y, cuando el cuerpo lozano se va, respiramos con alivio, damos un sorbito a nuestra cerveza y dejamos que nuestra barriga se expanda en toda su dimensión.

La playa con su chiringuito es un espacio cruel que te obliga a elegir entre lo estético y lo anodino, lo sublime y lo ridículo y el agua mineralizada o la cerveza bien fresquita. La decisión no es fácil, te lo aseguro. Pero, una vez tomada, has de disfrutar de ella.

Yo, lo confieso, … he optado por la segunda. ¿Y tú?

 

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