El restaurante, entre el disfrute y la tortura

Por: Alejandro Martín. Socio Director de TDSystem

“Mi teoría es disfrutar de la vida, pero a veces la práctica está en contra de ella” Lamb, Ch.

Hoy he ido a comer a un restaurante de los de toda la vida. Uno de esos que te dicen: “si vas por allí, no dudes en comer en Casa Alfonso. Se come de fábula”.

Bien, aquí estoy frente al cartel de “obligatorio entrar con mascarilla”. Sobre los grupos, el camarero hace una interpretación libre para admitirlos. Se supone que algo tienen que ver las burbujas y los allegados. El resultado es variopinto, hay grupos de dos hasta veintidós personas. Me imagino que estas últimas provendrán de un burbujón.

Mi mesa es una burbujita y situada entre la de veintidós y otra compuesta por un matrimonio y tres hijos en edad de educar. El camarero nos atiende primero. Seguidamente pasa a dedicarse al burbujón. No le resulta fácil: hay algunas personas alérgicas al gluten o al ajo, otras a la lactosa o a los frutos secos, algunas que otras veganas y, finalmente, aquellas que son alérgicas a decidirse con prontitud. Todo un jaleo, te lo aseguro.

El otro camarero se centra en la mesa de la pareja con tres hijos: el niño, el mayor, de aproximadamente ocho años; la pequeña en torno a dos años; y, en medio, la mediana de seis años. El niño sentado al lado del padre, la mediana al lado de la madre y la pequeña en la cabecera de la mesa en una trona habilitada a tal efecto.

Todo va bien hasta que la pequeña empieza a tamborilear con los cubiertos sobre el plato, la atención de los padres se centra en ella; la mediana empieza a tener celos y, desde su rol de segundona, incordia al hermano mayor; el mayor, a pesar de que se le pide responsabilidad, le deja claro a la segundona quien manda allí. El padre se estresa y se va a buscar algo, indispensable supongo, al coche, dejando allí a la madre con los tres. La madre se sobresatura y se pone a hablar incontinentemente por el móvil.

Como por arte de magia, el padre vuelve justo cuando los macarrones están llegando a la mesa. La madre reprime su incontinencia verbal, deja el móvil y ordena a la jauría que comience a engullir los macarrones. El chuletón llega para los padres que intentan disfrutar de él mientras duren los macarrones en la boca de sus hijos. A partir de ahí, poner en orden a los niños, pagar y salir del restaurante.

Los de la mesa de los veintidós al fin han terminado de pedir, el matrimonio con los niños ha desaparecido y nosotros, después de tanto jaleo, comenzamos con el postre.

Tal vez sea un tributo vacacional que hemos de pagar. Aunque yo me pregunto, ¿es sensato abandonar la ensaladita casera y los sanjacobos para los niños e ir a pagar por un chuletón que apenas puedes disfrutar?

 

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