Que no me toquen los galones

Por: Alejandro Martín. Socio Director de TDSystem

“Todo lo que escuchamos es una opinión, no un hecho. Todo lo que vemos es una perspectiva, no es la verdad.” Marco Aurelio

-¡He dicho!  Y esta es una decisión que me corresponde a mí y ya la he tomado. Os he dado mi opinión, pero me la habéis machacado. O sea, que esto es lo que hay.

A algunos no les gusta que les toquen demasiado los galones, y lo entiendo. Cuesta mucho ganárselos. Pero creo que no son una patente de corso para pensar que lo que sale por la boca de uno no es otra cosa que simples opiniones y, por cierto, no siempre bien fundamentadas.

-Es que tal vez podíamos planificar el trabajo y ver cuál es el que se puede ejecutar teletrabajando y cuál no -se atreve a responder uno de los presentes.

-Está ya decidido -sentencia el galonáceo.

Te cuento esto porque hemos tenido una reunión para abordar la nueva normalidad con algo de normalidad. Ni que decir tiene que el look de algunos era bastante bandolero y otras habían aprovechado la ocasión para darle un toque Scheherezade al suyo.

Lo que se dilucidaba en la reunión era el tema de la presencia en la oficina. El jefazo, el que tiene los galones más grandes, decía que lo del teletrabajo no lo “veía”. Que allí, con todos en la oficina, habría orden y, con ello, se evitaban las desviaciones. Y eso es bueno para el negocio.

-Pero podríamos turnarnos y así garantizar presencialidad. Lo más procedimental bien podríamos hacerlo desde casa -continúa el respondón.

-No, no. Esto es como un barco que está atravesando una zona de tormentas. El capitán debe tener a un golpe de vista hasta al último marinero.

-Si, sí. Pero la tecnología ya lo permite. Carece de fundamento pensar que el teletrabajo no lo garantice -añade el discrepante.

-¿Quieres decir que mis opiniones no están fundamentadas y, por ello, no son respetables? -espeta el jefe como herido en lo más profundo de su ser.

-No, no. No es eso lo que he querido decir. Lo más seguro es que lleve toda la razón y yo no he considerado todas las variables de la situación. Yo solo daba mi opinión al respecto y, por lo que veo, no muy acertada -añade el ex discrepante transmutado ya en sumiso complaciente.

-Pues a ello. ¡Venga!, haced el cuadrante de presencialidad en la oficina y me lo pasáis para mi aprobación -concluye el engalonado dando por finalizada la reunión.

El resto nos quedamos allí afanosamente elaborando el dichoso cuadrante a la vez que nos hacíamos las siguientes preguntas:

¿Qué es lo respetable, las opiniones del jefe o el derecho que le asiste a tenerlas? Sus opiniones deben ser escuchadas, sin duda, pero ¿pueden también ser discutidas y, en su caso, no compartidas? Finalmente, si su discusión evidencia algunos dogmas o carencias, ¿deberemos renunciar a tal debate para no “herir sensibilidades” o continuar con él?

Tú, ¿qué opinas?

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